La solidaridad es la fuerza de la gente débil.
Hugo Ojetti. Escritor y periodista italiano

domingo, 4 de diciembre de 2011

Merkokodrilos

            En los límites del gran parque del Serengueti, los pastores Masai, valientes y espigados guerreros, pastorean sus rebaños de ganado vacuno. Los animales les proveen de todo lo que necesitan, carne, leche, pieles y hasta una especie de yogurt con la sangre de los animales.

            Así ha sido siempre, desde la memoria de los tiempos.
            Un mal día, acuciados por la sequía del cambio climático, decidieron, adentrarse en el Serengueti con sus rebaños para buscar mejores pastos, aunque sea de forma temporal. Las autoridades Tanzanas lo tenían prohibido, pero la necesidad de la supervivencia se impone.
               Caminaron días y días por la sabana casi estéril, sin agua y con una yerba rala y seca.
            Poco tiempo después de empezada la caminata, se unieron otros clanes, también con su ganado y decidieron seguir juntos, porque eso les ayudaba a hacer la tarea más fácil y repartieron tares de forma solidaria.
            Varios días después, divisaron una amplia llanura verde al otro lado de un río poco profundo.
            Se alegraron mucho y apuraron el paso.
            Cuando quisieron cruzar el río, vieron a unos inmensos cocodrilos que esperaban ansiosos el cruce para darse un festín a costa de las vacas de los pobres Masai.
            Se reunió el consejo de sabios para decidir qué hacer. Nadie quería que las vacas, casi sagradas acabaran en las fauces de los enormes reptiles.
            Después de discutir toda una noche, decidieron sacrificar una par de animales en un lugar determinado del río y mientras los cocodrilos se daban el festín, el grueso del ganado lo cruzarían por un lugar en que había solo medio metro de agua.
            A la mañana siguiente, cuando todo estaba a punto para realizar la maniobra, uno de los ganaderos preguntó: ¿Y quién va a donar los animales para el sacrificio? El estupor fue general. En los Masai, la cantidad de ganado que tengas te da mayor estatus social, nadie quería sacrificar el suyo.

            Uno de los ancianos dijo: Pues, el que más animales tenga.

            - Nada de eso- se escuchó la voz de uno de los clanes del norte – Que los donen los que llegaron últimos, los del sur, ellos están menos acostumbrados a llevar ganado, además sus animales son más flacos.

            La discusión duró todo el día, al final decidieron que por la noche se reuniría de nuevo el consejo de sabios, pero esta vez con los que más ganado tuvieran.
            Durante la reunión ampliada del consejo, se decidió que los que más animales tuvieran, los donaría, pero eso sí, los demás tendrían que devolvérselos al año siguiente multiplicados por dos.

            Por la mañana, el encargado del sacrificio se encaminó rio abajo con unas pocas reses. A un kilómetro metió las reses en el rio y como estaba calculado, los cocodrilos acudieron raudos y comenzaron la brutal caza.
            Corrió el hombre encargado del sacrificio, río a arriba para dar la señal para el paso del grueso del ganado.
Apenas empezaron a cruzar los primeros animales, volvieron los cocodrilos, quizás con más voracidad que antes y mataron unas cuantas reses.

            Plan fracasado. A duras penas los Masai lograron salvar la mayor parte de sus preciados animales.

            Por la noche, volvieron a reunirse y decidieron sacrificar el doble de reses, porque visto lo visto, los cocodrilos tenían muchísima hambre y esta vez lo harían rio arriba. Los que más animales tenían pusieron una sola condición, que durante los dos siguientes años les devolverían los animales sacrificados, multiplicados por cuatro.

            Por la mañana, se repitió la misma historia, está vez rio arriba y con el doble de animales a sacrificar.

            Mala cosa, después de sacrificar a las bestias, los cocodrilos volvían raudos al lugar del cruce a esperar más carne.

            Se reunieron varias noches seguidas y propusieron muchas variantes; que buscar otro paso, que dividir el gran rebaño en dos, que pasaran primero los que tenían menos que perder, que pasaran primero los que tenían las vacas más flacas, que pasaran primero las gordas…

            Mientras tanto, el ganado, por falta de pastos unos, o por que se acercaban demasiado a la orilla otros, iban muriendo poco a poco para desesperación de todos, especialmente los ancianos, los niños y las mujeres.

Los cocodrilos, mientras más bestias se sacrificaban, más voraces se volvían y aumentaban en número.

            Los ancianos del consejo, ya no pintaban nada, todo estaba en manos de los que más ganado tenía.

            Mientras las discusiones se alargaban interminablemente para ver como saciar el hambre a los cocodrilos, unos cuantos Masai, quizás de los más pobres, pensaron: ¿Y si en vez de intentar saciar a los cocodrilos, porqué no les plantamos cara? El río no es muy profundo, el agua solo llega a las rodillas, tenemos nuestras lanzas y piedras, somos guerreros, nos enfrentamos a leones, panteras y leopardos y hasta los elefantes nos respetan. Si nos enfrentamos a los cocodrilos todos juntos, con palos lanzas y piedras les podemos hacer retroceder para que respeten a nuestros animales, que son el resultado de nuestro trabajo y que el ganado cruce el río.

            Como los Masai no son tontos, se pusieron manos a la obra. Cortaron troncos, juntaron piedras e hicieron una especie de barricada rio arriba otra rio abajo que limitaba a los cocodrilos nadar hasta las reses y si alguno se acercaba, con palos y piedras y gritos les espantaban. También a pedradas les desalojaron de las orillas donde descansaban plácidamente después de cada festín. Ya se sabe, si no dejas a un cocodrilo calentarse al sol, tampoco pueden estar mucho tiempo en el agua y tienen que retroceder.
            Eso sí, tenían muy claro, que no se trataba de matar a todos los cocodrilos, porque nos guste o no cumplen una función de carroñeros de las aguas, pero sí ponerle limitaciones al festín desenfrenado, porque los cocodrilos no saben eso de saciarse, mientras más comen, más quieren.

            Hasta aquí el relato de los valientes Masai, desde luego, solo es ficción, me lo he inventado yo solito.

            A veces un relato nos puede servir de ejemplo o lección a seguir.

            Yo me imagino la crisis, como la historia de los Masai que les he contado. En Europa decidimos hace unos años enfrentar todas las cosas juntos (en principio solidariamente) y avanzar en la resolución de los problemas. Pero esta descabellada crisis nos hace perder las perspectivas. Unos cuantos, como alemanes y franceses quieren que este descalabro lo paguen los más débiles y multiplicado por cuatro. Se empeñan en saciar el hambre de los mercados dándoles más alas. Prestándoles el dinero de todos nosotros al 1,5% para que ellos les presten a los estados más débiles al 5 o 7, como hace el Banco Central Europeo.
              Como los cocodrilos del cuento, entre más les das, más quieren.


            Aunque muchos hemos salido a las calles para que los estados se pongan firmes y le planten cara a los mercados financieros…Nada.

              Los gobiernos están cegados en “apaciguar” a las bestias.
            Es por eso que me inventé el término “MERKOKODRILO” que también me recuerda a la señora alemana que nos quiere poner a todos firmes, para que le paguemos entre todos, el dinero que nos presta para, entre otras cosas, que les compremos a los teutones, armas, trenes de alta velocidad y otras nimiedades, como lo han hecho con Grecia y también con España.

            Tenemos que aprender de los Masai, sobre todo, de cómo solucionaron el problema del cuento que hoy les he narrado.

            Espero que les haya gustado

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